C.S. Lewis, célebre escritor espiritual, solía decir que si Dios había creado algo más hermoso que un caballo, se lo había reservado para sí mismo. Su gran amigo J.R.R. Tolkien compartía esa visión y, prueba de ello, es que situó a los majestuosos corceles en el centro de su obra maestra, El Señor de los Anillos.